Al día siguiente Enric Rodr preparó un abundante desayuno, con toda la intención de recuperar las fuerzas. Pretendía sorprenderla. Su imaginación estaba más activa que nunca. Imaginaba que su vida era un bestiario, una especie de zoológico de animales extraños y exóticos. Lo había rellenado durante su existencia con los más interesantes seres hasta que se había quedado vacío. Sin interés, sin ganas de vivir. Ahora, un ejemplar nuevo, el más especial de todos, se paseaba por él. Pavoneándose. Sin barreras, ni jaulas, simplemente porque él quería. Acababa de convertir a Anna en su unicornio particular. Se sonreía con sus propias ocurrencias mientras se armaba con la bandeja e iba en su encuentro.

—¿Desayuno? —preguntó ella—. Tiene sentido, llevamos veinticuatro horas sin comer nada jejeje.

—Sí, a veces, se me pasan estos pequeños detalles.

Degustaron embutidos, quesos, bebieron café y charlaron de todo. Como siempre. Eran distintos, pero en común tenían que la normalidad les aburría. Volvieron a acostarse, entre migas y risas, tirando la bandeja, los platos y las tazas por el suelo. El escritor estaba exhausto, pero colmado por el bienestar. Ahora ella le acariciaba el pecho, paseando las largas uñas por su anatomía. De nuevo aquel maravilloso contraste, entre lo salvaje y lo tierno, lo dulce y lo animal.

—¿Por qué eres así conmigo? —Dijo él.

Era una pregunta sincera. Su mente estaba más despejada que en mucho tiempo. No entendía la razón por la que una mujer así querría nada con él.

—¿Y tú? ¿Por qué eres así contigo? Y no me vengas con atribuirte absurdas muertes que nada tienen que ver contigo. No eres tan importante, señorito.

—Yo… no lo sé. Quizás sea adicto a la tristeza.

—Eso es una gilipollez. Un adicto a la tristeza no se medica para no sentirla.

—Mi cabeza es un polvorín. De mala conciencia, de traumas, de cosas que no comprendo. Miro por la ventana y no entiendo el mundo, o él no me quiere entender a mí. Ey, sé que te molesta esta manera de ser, pero no tengo mejores respuestas.

Anna le besó, con dulzura.

—Me gustas como eres, porque eres tú —dijo justo antes de empezar a vestirse.

—¿Te vas?

—Cariño, tendré que trabajar algún día. ¿Y tú? ¿Cuándo vas a volver a escribir?

—No creo que pueda —respondió después de reflexionarlo.

—¿Por qué no? Utiliza ese polvorín del que hablas y escribe tu mejor novela.

—No es eso.

—¿Entonces? —repreguntó la programadora realmente intrigada.

—Me haces sentir bien. Siento mi mente tranquila, casi rozo la felicidad. No sé escribir cuando estoy en este estado, simplemente no tengo nada que contar.

Anna le miró como nunca lo había hecho. Como si acabara de escuchar la peor de las revelaciones. Sus ojos expresaban una decepción indescriptible. El escritor se dio cuenta.

—¿Anna?

No dijo nada, tan solo terminó de vestirse.

—¿Te ocurre algo?

Se acercó a él, que seguía tumbado en la cama, le besó de una manera especial, de una que no conocía aún.

Dijo:

—No me pasa nada. Adiós, cariño.