I. El viaje

El viaje de bodas es en Japón. Allí, entre otros lugares, visitáis Meoto Iwa, dos rocas en la costa unidas por una cuerda y que representan a Izanagi e Izanami, los dos dioses primordiales que engendraron al resto de deidades del sintoísmo y las islas que forman Japón. No sois sintoístas, pero donde fueres haz lo que vieres, y siguiendo la tradición pedís en el santuario un matrimonio feliz y con hijos.

Es un viaje lleno de buenos augurios. Cedes el sitio en el metro a un matrimonio de ancianos y la señora te regala una bolsita que te va perfecta para un accesorio de la cámara que te acabas de comprar. En un festival donde se reparten ramas de un árbol sagrado, una mujer coge una rama y os la da. En Nagoya todavía encontráis colgadas por la calle Koinobori, las banderolas en forma de carpa que se ponen en el Día de los Niños.

Todo va a salir bien.

II. El camino

Pronto hay novedades. Es agosto y estáis en Vinuesa, donde habéis decidido hacer noche camino a Salamanca para ver a la familia. De madrugada, arrebatados por la impaciencia, hacéis la prueba de embarazo. Es positiva. Y dejas ir un: «lo sabía». Porque estás convencido desde el principio de que todo va a ir bien.

Y no deberías estar tan convencido. Porque es un primer embarazo a una edad ya de riesgo. Sabes que mil cosas pueden ir mal. ¿Pero quién quiere pensar que algo va a ir mal? ¿Quién puede pensar que algo va a ir mal? Las semanas van pasando con rapidez, se van sucediendo las pruebas. Y sabes que tienes que ser prudente, pero entonces el médico que hace la ecografía se aventura, aunque aún es muy pronto, y os dice que seguramente es una niña.

Y cuando te dicen que puede ser una niña, ya no puedes contenerte y aunque no deberías hacerlo, le pones nombre. Y la llamas Judit. Y empiezas a soñar y a imaginar. A pensar en los momentos en los que la tendrás en brazos. En los momentos en los que jugaréis, las cosas que le enseñarás, las historias que le contarás. Los momentos en los que te hará enfadar y en los que se enfadará contigo. Los momentos en los que te decepcionará y en los que la decepcionarás. Lo inmensamente feliz que te hará.

Y comienzas a escribir un diario. Un diario con lo que ha ido ocurriendo durante el embarazo, cosas del día a día y cosas de las que ocurren en el mundo, para que sepa lo que pasó mientras ella venía. Estás decidido a que haya otra obsesionada por la Historia y la actualidad en la familia.

Y también comienzan los preparativos normales. Las listas, las cosas que harán falta… También la búsqueda de un piso nuevo porque el actual es demasiado pequeño.

III. La montaña

Pero de repente lo que querías que fuera un camino cómodo y sencillo se convierte en una montaña cada vez más difícil de ascender. Hay una primera visita a Urgencias por unas pérdidas de líquido. Una de las pruebas prenatales da un riesgo alto de alguna malformación. Y después hay más pérdidas y otra visita a Urgencias.

Te aferras a la esperanza. Cada vez hay más nieve y viento en la montaña, pero intentas seguir adelante. Te vuelcas en el diario y en él imploras que Judit siga con vosotros. Son los días entre Rosh HaShanah y Yom Kippur y ruegas que Judit acabe inscrita en el Libro de la Vida, aunque sabes que eso no depende de ningún ruego ni plegaria.

Es la semana 16 y toca otra visita al ginecólogo. Por una vez, no podrás estar. No ha habido manera de conseguir hora a última hora de la tarde y toca a media mañana. Por primera vez no estás allí con tu mujer. Y es el momento en el que, a mitad de camino de la cumbre, la avalancha se os lleva por delante.

Suena el móvil. Es tu mujer. Sales a las escaleras de la oficina para coger la llamada. Son las mismas escaleras en las que cinco años atrás, casi por las mismas fechas, tu hermano te ha llamado para decirte que padre ha muerto.

Tu mujer apenas puede hablar. Por fin consigue contarte lo ocurrido. No queda líquido en la placenta. La habéis perdido.

Judit ya no vendrá.

Nunca la tendrás en brazos. Nunca jugaréis, no le enseñarás nada, no le contarás historias. No te hará enfadar y no se enfadará contigo. Nunca podrá decepcionarte y nunca podrás decepcionarla. No podrá hacerte inmensamente feliz.

IV. La Casa de la Muerte

Vuelves a casa lo más rápido posible. Durante las primeras horas apenas podéis hacer algo más que no sea estar tumbados, abrazados y llorando. Nadie nunca os ha preparado para un momento así.

Por fin conseguís moveros y decidís bajar hasta la playa a dar un paseo. Es el día más horrible de vuestras vidas, pero la vida transcurre como siempre para todo el mundo. Barcelona ha decidido regalarse con una de esas tardes soleadas de octubre.

Y cuando todo parece un poco más calmado y sereno, la realidad os vuelve a poner en vuestro sitio. Tu mujer empieza a tener unos dolores fortísimos. Vais todo lo deprisa que podéis al coche. Quieres ir al hospital, pero tu mujer insiste en ir a casa. Es como si el instinto le dijera que lo que va a ocurrir es mejor que ocurra en el hogar y no en un hospital.

En casa, en el baño, expulsa de manera natural todo: feto, placenta… Te pide ayuda para levantarse porque no se atreve a mirar. La ayudas e intentas mantenerte firme, porque en ese momento te necesita firme. Aunque querrías derrumbarte por lo que has visto.

Y nunca se lo dices, pero comienzas a llamar a ese piso en tu interior La Casa de la Muerte. Porque apenas ha traído algo bueno. Es un piso que alquilaste con precipitación porque era lo que había y tenías que salir cuanto antes del piso anterior debido a una ruptura sentimental. Es un piso ruidoso en el que el hollín de los motores diésel se deposita en el balcón porque está en plena Meridiana. Es un piso en el que otra relación fracasa estrepitosamente.

Y es cierto que es el primer piso en el que habéis vivido juntos y al que volvisteis una noche como marido y mujer. Y el piso en el que vivisteis las primeras semanas de un embarazo. Pero es también el piso en el que lo que iba a ser tu hija acaba en un desagüe. Si antes era conveniente irse de ese piso, ahora se convierte en una necesidad primordial.

V. Nadie está preparado

Nadie sabe gestionar una situación como esta. Nadie te prepara, un embarazo es una cosa maravillosa y todo eso, pero cuando sale mal, pues nada, ya está, ha salido mal.

Y eres plenamente consciente de que la gente te habla con toda la buena intención del mundo. Pero cada vez que alguien dice «no os preocupéis, ya tendréis otro», se te encoge el corazón. Porque no es que quieras un hijo, querías ESA hija. Y ya nunca la tendrás.

Una hija que no es nada, que desaparece del mundo. Porque en el hospital no habría tenido mejor trato. Unas muestras para analizar y no sería más que un resto biológico que iría a la incineradora. No es que haga falta ponerla en el Registro Civil o hacer un entierro. Pero quizás te habrías quedado más tranquilo con alguna ceremonia o alguna acción, aunque el entorno, tanto el social como el médico, huyen de eso. Quizás hay una falta de sensibilidad en un momento tan difícil para una pareja.

Y te das cuenta de que hay un velo de silencio, hasta un cierto pudor o miedo a mostrar que has sufrido algo así. No es hasta que te ha pasado algo así que empiezas a encontrar en tu entorno que le ha ocurrido a otras parejas. Solo entonces empiezan a contártelo. Pero con una cierta timidez y vergüenza, porque el entorno parece haberles inculcado que tienes que callarte y si no pasas página y olvidas, es que tienes un problema.

Y los consejos. Ay los consejos dados así por las buenas, y los «no pasa nada». Una vez más te das cuenta de cuán sabias son las costumbres del luto judío, la shivah, en el que los que visitan a la familia del difunto no pueden iniciar una conversación ni ponerse a hablar de sus problemas y sus asuntos.

Con todo, conseguís reponeros, de una manera o de otra. Y la vida sigue. Sabes que nunca cerraréis página. Y por otro lado, ¿por qué hay que cerrar página? Quieres que siempre esté en el recuerdo.

VI. Jizo

Esta historia comenzó en Japón y algún día terminará en Japón. Porque algunas culturas sí gestionan estas pérdidas de alguna manera.

En muchos templos de Japón se pueden ver en los jardines pequeñas figuras de Buda que llevan un gorro, a veces un babero o alguna otra prenda de bebé. Se trata de Jizo, protector entre otros de los niños muertos y de los bebés no nacidos. Las familias que han perdido un hijo, nacido o en la gestación, pueden llevar a cabo en el templo un ritual y hacer una ofrenda a Jizo para pedir que proteja a su hijo en el camino del otro mundo. Algún día volveremos a Japón y haremos por Judit la ofrenda a Jizo.

雀の子地蔵の袖にかくれけり

Suzume no ko
Jizō no sode ni
kakurekeri

Los jóvenes gorriones
Vuelven a la manga de Jizo
Para refugiarse
(haiku de Issa, 1814)