Reims, 2004

Es de agradecer que no haya escaleras para acceder a la catedral. A mi edad, es una complicación que debo evitarle a mis rodillas. Cierro la puerta con suavidad y me dirijo al altar por el pasillo central.

Me voy cruzando con personas a las que saludo con una leve inclinación de cabeza. Son pocos y la mayoría parecen turistas. Solo lo constato porque me da igual quien este y de donde venga.
Llego al altar, me santiguo como es debido, me bajo la bragueta y orino.

Reims, 1974

Llevaba viviendo ya dos años en París cuando me entere del evento. Nada más y nada menos que Tangerine Dream y Nico en concierto. En Reims. O sea, a menos de 200 Kilómetros. En la catedral. Extraño lugar. Pero motivante. Y no lo dude ni un minuto. Iría sí o sí.

No hacía mucho que me había comprado el LP «The End» de Nico. Con eso ya me bastaba. Quizás no era su fan número uno, pero me gustaba casi todo lo que había hecho. Incluida su etapa Velvet Underground.

Y qué decir de Tangerine Dream. Para mí había sido el grupo de entrada a la electrónica. No diré que, a la psicodelia, no sería justo con los términos. No sé mucho de música. Solo que me encanta disfrutarla en directo.

Resumen: Que me quedé unos minutos soñando, las largas canciones con mis ácidas visiones fusionándose con los vitrales de la catedral… Con la fría y sensual Nico cantando «This is the end, my friend». El hipnotismo de los teclados de Klaus

Menudo viaje. Me despertó la quemadura del cigarro que se suponía estaba fumando. Joder. No era momento de tonterías. No faltaban más que dos semanas y debía ponerme en marcha. Intuía que este iba a ser un viaje especial. Mis primeros pasos tenían que ser: Remy, Alice, His Master’s Voice y Jacques.

Remy:

Caro, cada vez más caro, pero tenía todo lo que le pedí. Cubriría el viaje en tren, el preconcierto y el concierto. LSD, maría y unas pocas anfetas por si acaso.

Alice

Que ni loca iba a ir a Reims. Y menos conmigo. Y menos para ver a esa zorra de Nico. Y menos en una catedral. Y que además que conmigo no iría ni a comprar lechuga. Está bien, lo he captado. Fuck you.

His Master’s Voice

Me vendió una de las últimas cinco entradas que le quedaban. El tío estaba sorprendido. Y así me lo hizo saber. Le chocaba que el concierto fuera en una catedral. Que él no había pisado ninguna, pero que jamás hubiera pensado que disponían de electricidad y que pudiera caber tanta gente.

Le pregunté a que se refería. Me dijo que había vendido muchísimas entradas. Le iba a comentar si tampoco sabía lo que significaba la precisión. Pero preferí comprarle dos LP de Nico que aún no tenia y el «Phaedra» de Tangerine Dream, por si acaso se les ocurría tocar algún tema en Reims.

Jacques

No es capaz de entender que le pida dos días de fiesta más el sábado, si con el sábado me bastaría. Ni el viernes ni el Lunes, ni siquiera el domingo pintas nada en Reims si vas a un evento en sábado. Histriónico.

Incapaz de jugar su rol de jefe sin acudir a todos los lugares comunes donde él cree que debe estar un jefe. No escucho nada de lo que dice y pienso en su pobre padre, el dueño de la ferretería, donde yo trabajo para Jacques, y donde él se dedica a fastidiarme.

Sabe que tendrá que trabajar dos días de verdad y es eso lo que en realidad le molesta. No sabe decir que no y todo este teatro es su infantil intento de hacerme sentir mal. Yo solo tengo prisa para confirmar el viaje. La entrada ya la tengo, pero debo ir a por el billete de ferrocarril.

Reims, 2014. Prefectura de Policía de la ciudad de Reims

–Según consta en nuestros archivos, usted ha sido detenido ya 40 veces por orinar en el altar de la catedral. Ha sido denunciado por este motivo y ha estado en la cárcel por este mismo motivo. Se le ha prohibido acercarse a la catedral. Se le ha prohibido entrar en Reims. Se le ha prohibido acceder a cualquier recinto católico.

Tiene usted 70 años. Y nuevamente está detenido, acusado de haber orinado en la catedral de Reims. Delante de una familia de piadosos americanos cuya hija ha necesitado de atención médica. Calculo que la condena que le va a caer, a pesar de su edad, va a ser de más de tres años. ¿Está usted entendiendo todo lo que le estoy diciendo?

–Perfectamente, señor comisario. ¿Podría usted decirme cuando me darían mi primer permiso? En la cárcel, digo.

–Disculpe, señor…

Lawrence

–Disculpe, señor Lawrence. ¿Pero podría usted explicarme por qué? ¿Por qué tiene que venir cada año, cada año que no ha estado entre rejas, ya me entiende, a mi catedral? ¿A orinar a mi catedral? Perdone. Pero no entiendo que cojones hace usted. ¿Es un exhibicionista? ¿Un pervertido? ¿Es ateo? ¿Musulmán? ¿Por qué, porque tiene que venir a mear a Reims?

–¿Quiere que se lo cuente desde el principio?

–Por favor.

Reims, 2014. Prefectura de Policía de la ciudad de Reims

–Y después de la taberna, me dirigía a…

–Disculpe, ¿Dice que llevaba en la taberna bebiendo cerveza unas cinco horas?

–Eso es, señor. Más o menos, eh. Pero calculo que eso debía ser, porque empalme la comida con la merienda-cena. O sea, que esta alimentándome bien. Más que nada por el LSD, sabe. Piense que en ese momento el material de Remy ya me había hecho tripar en el tren y…

–¿Qué dice?

–Nada, nada. Sigo. El ambiente era espectacular. No sabría decirle pero calculo que éramos miles. La alegría se reflejaba en los ojos de todos aquellos con los que te dabas codazos al abrirte paso. El rollo era de fraternidad y complicidad. No habíamos ido a rezar. Entiende lo que le digo, ¿no?

Había alcanzado una columna, a media distancia del altar, donde entre la bruma se adivinaba a los miembros de los Tangerine Dream. Estaba no a oscuras, pero si había poca luz. Era casi de noche a fuera. En ese momento salió Nico. Y entonces Klaus…

–¿Kinsky?

–Calli, ruc.

–¿Qué dice?

–Nada, nada. Sigo.

–Por favor.

–Lo que le decía. Klaus empezó a hacer magia con los teclados. Nico no se movía, flotaba. Yo era feliz. Estaba francamente apretujado. Como se supo tiempo después, el promotor vendió más entradas de las que debía.

La Catedral era una ratonera. Y claro. La cerveza llego a mis conductos urinarios y pugnó con fuerza por salir. Pensé que podría aguantar. Pero entonces tuve un momento de lucidez, que le resumo en una doble pregunta que me hice:

¿En las catedrales hay lavabos? ¿Y en caso de que los haya dónde están? ¿Y en caso que sepa dónde están, cómo llegaré a ellos?

–Eso son tres preguntas.

–Tiene razón, señor comisario. Pero es que en ese momento ya había respondido a la primera pregunta. Lavabos solo podía haber en la sacristía, allá donde se cambia de ropa el sacerdote.

Y entonces empezó mi agonía. Me había desconectado ya de las canciones. No veía a Nico. No veía las vidrieras. Estaba en ese punto en que la embriaguez se vuelve extrañamente lucida. Pensé en tomar una anfetamina. Quizá eso me haría olvidar que me estaba meando. No funcionó.

Estaba rodeado de cuerpos humanos. Femeninos. Masculinos. Sudorosos. Casi todos con los ojos cerrados. Simulando bailar. Pero solo eran contorsiones. En el espacio en el que podían hacerlo. Allí donde no encontraban carne humana que les impidiera el movimiento.

–Por favor, Lawrence, al grano.

–Bien. Bueno, como quiera prefecto.

–Comisario.

–Como quiera. Saqué como pude mi petaca. Tenía todavía whiskey. Pensé en beberlo y me lo bebí. Entonces intenté acercarme la petaca a mi miembro viril e intenté orinar. Pero, ya sabe. Las petacas. Son muy pequeñas. Pensé, ¿Y si la lleno y todavía me queda pis?

En ese momento la gente arrancó a aplaudir. Había terminado un tema. Mi vecino me cogió la petaca y se tomó un trago. No me importó y no le reclamé la petaca.

Empecé a avanzar. Nico entonaba «The End». Qué maravilla Sargento. Se la recomiendo. Escúchela. Por un instante me olvidé de mis angustias. Pero una punzada en el riñón me devolvió a la triste realidad. Pensé. Este es mi fin. ¿Lo capta? Jajaja. El paralelismo con la canción. The End, el fin, mi fin. La orina…

–Siga, Lawrence.

–Si capitán.

–Imbécil.

–Como quiera. El avance era muy difícil. La gente en esa época, a pesar de su apariencia hippy y de ser aparentemente gente que pesaba gramos y no kilogramos, eran muy difíciles de mover. Los que iban colocados eran como muros. Pesos muertos. Los más conscientes no se dejaban intimidar y no estaban dispuestos a ceder su sitio a un recién llegado que pretendía ver mejor.

Fui insultado. Golpeado. Escupido. Y meado. Si, ¿Se lo puede creer? Se mearon en mis piernas. Y me dirá. ¿Por qué narices no hizo usted lo mismo?

–¿Pero, está diciendo que la gente estaba orinando en la catedral de Reims? ¿Qué estaban bebiendo? ¿Y …?

–Si señor prefecto. Como lo oye. Y fumando. Y drogándose. Y algunos, tocándose. La mayoría no tenían mucha vergüenza.

–¿En una catedral?

–Bueno, para nosotros, eso era un concierto. La sala, el lugar, solo interesa por su acústica y comodidad.

–Siga, Lawrence.

–Bueno. A pesar de todo, yo quería orinar en el lavabo. O en una botella. O en algún recipiente. Por algún motivo creía que eso era lo correcto. Siempre me costó mear en la calle. Pero debe entenderlo. Estaba muy apurado. No podía más. Me dolía todo. Los riñones, la espalda. No podía aguantar más. Estaba fatal. Y entonces lo vi. El altar. Mi destino. Solo tenía que traspasar el escenario. Y lo conseguiría. Podría aliviarme.

–Siga.

–Volé. Si señor. Me elevé. Flotaba…

–¿Lawrence?

–Bueno. No recuerdo como lo conseguí… Bueno, sí. Había una puerta lateral. No estaba vigilada. Entré en la sacristía. Encontré el lavabo y oriné. Más de un minuto fluyo el líquido dorado. Los riñones se quejaban del dolor. Mi cuerpo mandaba señales continuas de protesta ante el maltrato sufrido.

Me quedé en la sacristía. Oía el concierto igual y pude mear otras cuatro veces. Me fumé toda la maría que me quedaba para el viaje de vuelta. Y entonces recibí la visita. Se me apareció un apóstol, no recuerdo cual. Había mucho humo en la sala.

Me tiré a sus pies y le hice un juramento. Le dije que daba gracias a todos los cristianos por haber podido llegar al lavabo a orinar. Me dijo que había sido tonto, sus palabras fueron:

Debes haber sido el único estúpido que no ha meado en el suelo. Cerdos hippies asquerosos. Habéis dejado la catedral hecha un asco. Se tendrá que re dedicar la catedral. Espero que sea la última vez que os veamos por aquí. Suerte que los artistas no son como vosotros y el altar se ha respetado. Es lo único que ha quedado limpio.

¿Lo entiende prefecto? ¿Lee usted entre líneas? ¿Entiende el mensaje que me estaba dando el apóstol? Tenía un encargo divino. El altar había quedado impío. Dios me había librado de mearme encima y de orinar en público por una razón. Yo sería el encargado de volver puro el altar de la catedral de Reims. ¿Y con que iba a hacerlo, si no con mi propia orina?